miércoles, 28 de diciembre de 2011
A las seis menos cuarto
Por ella fue pirata del Siglo XV, mosquetero de la Guardia Real de Luis XVI y soldado de la I y II Guerra Mundial. Todas las batallas las había librado a favor del amor y todas las había ganado.
Siempre empuñaba su arma pensando en cuantísimos besos y te quiero recibiría a los días, semanas, meses, años y siglos siguientes.
Pasó el tiempo. Ya con una mente envejecida, prefería trabajos que requerían menos esfuerzos.
Era maquinista en una estación de París. Seguía tan enamorado de ella como el primer día, imposible no estarlo, habían compartido tantísimos momentos que perduraría en su memoria para siempre.
Cuando terminaba su jornada, bajaba del tren mientras limpiaba sus manos manchadas de negro. Ella lo esperaba siempre frente a la estación, sentada en la cafetería con un café y un croissant en la mesa.
-Feliz navidad, cariño. -Dijo ella, mientras se levantaba para besarle.
-A tu lado siempre serán felices.
domingo, 25 de diciembre de 2011
Batalla
Recogía sus últimas cosas para abandonar la habitación 103. Se iría del hotel al atardecer, su vuelo salía en unas horas. Debía darse prisa, pues el aeropuerto no quedaba cerca de donde se alojaba. Recorrió el pasillo de la 3ª planta hasta llegar a los ascensores. No había pulsado aún el botón, cuando se acordó de que se olvidaba algo en la habitación. Volvió y entró de nuevo, fue a la terraza, en la mesa había una pulsera de la que colgaba un corazón de cristal del tamaño de una lágrima. De vuelta, ya delante del ascensor, pulsó el botón de llamada para que subiese. Tras unos instantes, sonó un timbre y se abrieron las puertas. Estaba ocupado por él.
Seguramente se podría intuir lo que ocurriría después.
Con el tiempo cada uno tomó una dirección, pensado que al final los caminos se volverían a unir. No pasa nada, estaba hecho el uno para el otro... Pero al final solo ocurre una cosa: Llega el invierno.
"Si las películas siguieran después de la hora y media que duran, al final terminarían igual". Pensaron los dos.
sábado, 17 de diciembre de 2011
Violines
Lo cierto es que sí, a él siempre le llamaba la atención de qué manera se pone el sol todos los días.
Hoy no iba a ser distinto, allí estaba:
Sombrero, collares, camiseta negra, anillo, vaqueros, botas, tatuajes... Y el corazón... Bueno el corazón no sabe dónde quedó desde aquella vez que lo perdió a manos del amor.
Se sentía encarcelado, aislado de todo.
Siempre espera a que el sol se vaya para caminar de nuevo desde la playa hasta el faro.
Lo cierto es que no, a ella nunca le llamaba la atención de qué manera se pone el sol todos los días.
Hoy no iba a ser distinto, allí estaba:
Vestido blanco, pelo suelto, ojos esmeralda y descalza. En una mano un corazón y en la otra una llave.
Siempre espera a que la luna salga para caminar de nuevo desde el faro hasta la playa.
Hoy no iba a ser distinto, allí estaba:
Sombrero, collares, camiseta negra, anillo, vaqueros, botas, tatuajes... Y el corazón... Bueno el corazón no sabe dónde quedó desde aquella vez que lo perdió a manos del amor.
Se sentía encarcelado, aislado de todo.
Siempre espera a que el sol se vaya para caminar de nuevo desde la playa hasta el faro.
Lo cierto es que no, a ella nunca le llamaba la atención de qué manera se pone el sol todos los días.
Hoy no iba a ser distinto, allí estaba:
Vestido blanco, pelo suelto, ojos esmeralda y descalza. En una mano un corazón y en la otra una llave.
Siempre espera a que la luna salga para caminar de nuevo desde el faro hasta la playa.
martes, 13 de diciembre de 2011
Recuerdo efímero
No fue un gran día, nada salió como estaba planeado. Habían quedado para hacer compañía a la noche. Amigos, un parque y unas botellas de vodka.
-Sólo una copa más, Jack.
Ojalá te hubiera podido creer, John. Sabía que eso no tenía pies ni cabeza. Se sentía solo, todos ahogaban las penas en alcohol u otras sustancias.
-¡Jack, ven a fumar de esto!
Hasta Sirenia tomaba. Sólo le quedaba verla a ella haciendo esto.
Se fue, pensó que en casa estaría mejor con la televisión.
Ahora iba a tomar una ducha, necesitaba despejar la mente, había quedado con ella en el Strike Pool. Aún le quedaba tiempo.
Las llaves, el móvil, dinero... y la cartera. No sabe qué ocurrirá, la situación pende de un hilo, la quiere, pero el tiempo ha hecho que sea una rutina, se siente culpable, pero no merece la pena estar así con alguien ni por cariño.
-Hola, ¿Qué tal?... Em... Bueno... Te he hecho venir para aclararlo todo... Esto tiene que terminar... Ya todo ha dado la vuelta... Nada es como antes... Tengo que irme, lo siento.
No sabía cómo se había atrevido a decírselo, después de estos años, se siente mal, lo mejor será irse, irse muy lejos, donde quede aislado de todo esto. Después de que amigos se convirtieran en algo que realmente no son, sobre todo Sirenia, que decía que jamás probaría. Ahora ha cambiado su forma de ver las cosas. Abrirá la puerta del coche y se irá lejos, donde la decepción por Sirenia se le olvide; aunque quién más debería preocuparle, sería aquella chica con la que compartió casi tres años de su vida. Creo que ya le daba igual, era más importante pensar en él ahora. Seguiría su camino.
Después de una hora en carretera, tenía que repostar, lo haría en el próximo desvío, había una gasolinera en medio de aquel desierto.
-Jack... Quiéreme.
Sirenia lo esperaba en aquella gasolinera, nadie podría explicar cómo, de qué manera, encontró a Jack.
Él no sabía si el beso que acababa de recibir significaba algo, se limitaría a conducir y mirar la estrella que tenía tatuada en la mano.
...
Lleno el depósito, quedaba mucho camino hasta el fin del mundo.
-Sólo una copa más, Jack.
Ojalá te hubiera podido creer, John. Sabía que eso no tenía pies ni cabeza. Se sentía solo, todos ahogaban las penas en alcohol u otras sustancias.
-¡Jack, ven a fumar de esto!
Hasta Sirenia tomaba. Sólo le quedaba verla a ella haciendo esto.
Se fue, pensó que en casa estaría mejor con la televisión.
Ahora iba a tomar una ducha, necesitaba despejar la mente, había quedado con ella en el Strike Pool. Aún le quedaba tiempo.
Las llaves, el móvil, dinero... y la cartera. No sabe qué ocurrirá, la situación pende de un hilo, la quiere, pero el tiempo ha hecho que sea una rutina, se siente culpable, pero no merece la pena estar así con alguien ni por cariño.
-Hola, ¿Qué tal?... Em... Bueno... Te he hecho venir para aclararlo todo... Esto tiene que terminar... Ya todo ha dado la vuelta... Nada es como antes... Tengo que irme, lo siento.
No sabía cómo se había atrevido a decírselo, después de estos años, se siente mal, lo mejor será irse, irse muy lejos, donde quede aislado de todo esto. Después de que amigos se convirtieran en algo que realmente no son, sobre todo Sirenia, que decía que jamás probaría. Ahora ha cambiado su forma de ver las cosas. Abrirá la puerta del coche y se irá lejos, donde la decepción por Sirenia se le olvide; aunque quién más debería preocuparle, sería aquella chica con la que compartió casi tres años de su vida. Creo que ya le daba igual, era más importante pensar en él ahora. Seguiría su camino.
Después de una hora en carretera, tenía que repostar, lo haría en el próximo desvío, había una gasolinera en medio de aquel desierto.
-Jack... Quiéreme.
Sirenia lo esperaba en aquella gasolinera, nadie podría explicar cómo, de qué manera, encontró a Jack.
Él no sabía si el beso que acababa de recibir significaba algo, se limitaría a conducir y mirar la estrella que tenía tatuada en la mano.
...
Lleno el depósito, quedaba mucho camino hasta el fin del mundo.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Carta a amada.
Huelva, 1 de agosto de 1492.
Dos días, cinco horas y quizás unos minutos.
Me embarco en este navío, ya que para mí, vuestro cuerpo me pertenecía, pero no vuestro corazón.
Me voy en busca de mí, para olvidar los besos y aquellas palabras que me regalabas en las tardes de julio en la playa.
Mi alma, mi mente, mi cuerpo... Mi corazón, ahora son cenizas que se las lleva el viento.
Que esta carta os llegue en las mejores de las condiciones.
Me despido con el más sincero beso para alguien que ya no lo quiere.
Hasta siempre.
Dos días, cinco horas y quizás unos minutos.
Me embarco en este navío, ya que para mí, vuestro cuerpo me pertenecía, pero no vuestro corazón.
Me voy en busca de mí, para olvidar los besos y aquellas palabras que me regalabas en las tardes de julio en la playa.
Mi alma, mi mente, mi cuerpo... Mi corazón, ahora son cenizas que se las lleva el viento.
Que esta carta os llegue en las mejores de las condiciones.
Me despido con el más sincero beso para alguien que ya no lo quiere.
Hasta siempre.
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