La arena no quema desde hace rato, el sol anaranjado se va. Es hora de abrir los brazos hacia el cielo, cerrar los ojos y empezar a caminar.
Me encanta perderme. Llevo horas dando vueltas por este lugar lleno de árboles y fondo oscuro.
Hace más frío de lo normal, suerte que traje una sudadera a juego con la media luna.
No saber lo que puedo encontrar más adelante es lo que me mueve a seguir caminando, hasta que aparece.
¿Por qué la conozco? Jamás la vi, nunca compartí con ella ni un momento de mi vida, entró en juego esa sensación de que conoces a una persona desde mucho antes de verla por primera vez.
-Ven, siéntate.
Esa voz... Esa voz cargada de tranquilidad y azúcar.
-¿Sabes dónde está mi casa? ¿Me llevas?
No soy capaz de contestar. Me siento paralizado, obligado a escuchar callado.
Desvía la mirada hacia delante y vuelve a hablar.
-Ahora que lo recuerdo, anoche estuve contando las estrellas. Se han llevado tres. Pensé en hacer una pulsera con las que quedaban. -se recogía el mechón de cabellos que le caía en la frente. -Algún día podré regalártela.
